De mis primeras impresiones

El último día de otoño llegué a Madrid, traía en la maleta más bufandas que ropa interior, sabía que el invierno me iba a quebrar los huesos, pero contrario a los pronósticos el frio de diciembre fue benévolo conmigo, y como dice el dicho "no existe el frío, sino un mal abrigo!"
Todos los días salía a la calle como repollo, dos pantalones, camisa con chaleco, bufanda, guantes y gorro, y por supuesto una buena jaquet. Y si el viento era fuerte una "braguita" que me tapaba el cuello. Ya sé que braguita en Costa Rica no nombra nada, pero más adelante retomo el tema de cómo le tenemos diferentes nombre a las cosas.
Lo primero que sentí al tocar suelo español fue que los españoles eran sumamente rígidos y descorteses, de pocas palabras, pero por dicha pude convencerme que si te refugias en un ambiente familiar, los españoles son personas simpáticas, cordiales y sobretodo cariñosas.
Lo segundo que noté en Madrid fueron los atardeceres, el cielo es increíblemente amplio, suena ridículo decir eso, pero es así, no obstaculizan los tendidos eléctricos para admirar el cielo, aquí no hay cables abarrotados en los postes de luz. Los atardeceres son maravillosos.
No puedo dejar de mencionar que la comida resultó ser un choque para mí, esperaba el típico "casado" con arroz y frijoles, pero no, hay que elegir primer y segundo plato. Postre y café, y yo me llenaba con la sopa, pero luego retomaré este tema.
Y por último, los pasos peatonales, aquí se llaman "pasos de cebra", algunos solamente están pintados en la calle sin semáforo peatonal, y cuando uno pone el primer pie sobre las rayas blancas, los automóviles se detienen inmediatamente, sin necesidad de semáforo recalco.
Pronto tendré más de mis impresiones y por supuesto extenderé lo temas, hay mucho que decir.